Como mi primera vez quisiera
contar absolutamente todo, todo de todo, pero
como todo un profesional en progreso y como se que seré uno de los
mejores, pues sinceramente emitiré detalles de suma importancia como los nombres,
localidad y pues en resumen todos los datos importantes. Pues bueno, como mi
primera vez fue toda una experiencia única, irrepetible y como todas las
primeras veces nunca se olvidan.
Como era algo esperado mi primera cita fue muy
espontanea extraña y de manera poco común ya que una amiga me remitió ese
paciente, el cual con una llamada fue más que suficiente para ahuyentarla ya
que el mero día de nuestra primer cita no se presento y al tratar de
comunicarme con dicha paciente pues nunca contesto, así fue mi primer paciente,
uno que jamás llego.
Pero ahí no queda todo ya que
el destino, obra del espíritu santo, o solo por obra de Murphy pues logre
conseguir un segundo paciente y pues para una extraña suerte mía pues esta
paciente si cumplió con nuestra cita y así obtuve mi primera vez. Y valla que
fue todo una experiencia.
El día en que mis dos
pacientes (la que no asistió y la que sí asistió) fue un día largo ya que mi
llegada había sido a las 9:30 de la mañana, para poder tener un colchón de 30
minutos y poder infórmame de todo lo que necesitaba saber acerca de lo que se
debía y lo que no se debía hacer, lo cual para mi suerte pues nunca sucedió.
Los chicos encargados del changarro para atender pacientes pues llegaban hasta
las 10 am, hora en la que yo ya debía estar en proceso de entrevista con mi
primer paciente (la cual para mí sorprendente y especial suerte de principiante
nunca llego), generando así una ansiedad asombrosa, sucediendo así lo mejor que
me pudo pasar en ese preciso momento, el que los encargados del changarro
llegaran tarde y que mí primer paciente pues decidiera en no presentarse,
librando el primer nivel de psicólogo. Sentirme bien chingón por que mi
paciente no llego y yo sí, cumpliendo así con mí deber.
Las horas pasaron, una calma momentánea
me invadía cuando de repente, la hora había llegado, a atender mi segundo
paciente que en esta ocasión si esperaba (con ansias) se presentara.
Y así fue, lo vi a lo lejos,
se acerco, lo salude, lo lleve al changarro, nos encerramos en un cuartito de
un poco más de 2 por 2 y pum, se dio todo de manera nada espontanea y difícil de
manejar, evaluación psicológica en proceso.
Durante las clases hay muchas cosas
que los maestros te dicen que consideras emocionante, que te incita a continuar
y que en ocasiones te espanta, pero dentro de ese mundo de enseñanzas, hay una
que suelen repetir mucho por igual “hay cosas que los libros no te enseñan
cuando estas dado terapia”, y tienen razón. Pero de la misma forma (y esta es
para mis maestros), hay algo que ellos no te dicen, y es por supuesto él como iniciar,
desarrollar y controlar la primera sesión.
De la manera más tonta,
predecible y mísera un estudiante de psicología comienza su primera sesión; “¿Cómo
estás? ¿En qué te puedo ayudar? ” Era claro que las respuestas serian “bien, (y
como prácticamente se encontraba haciéndome un favor me contesto) no sé tú dime”.
Por supuesto un chico virginal en la psicológica se había quedado sin sus
principales armas en menos de 5 minutos, solo quedaba una cosa por hacer y era,
hacer preguntas con relación a un formato previamente transcrito y esperar como
espera un mariscal de campo en el americano o un delantero en el futbol,
obtener algo de una última jugada.
En ese momento mi suerte no podía
ser mayor, el formato previamente escrito había dado frutos, mi ave María me
había conseguido algo y era nada más y nada menos que una sensacional y única
diarrea verbal. Un cumulo de cosas sin parar y necesarias para el diagnostico
que simplemente parecen no tener fin, las palabras brotando hacía mí, un chico
que en su primera vez experimenta lo más especial de la carrera y que se topa
con el peor de los conflictos; no tener una grabadora de voz. En mi mente solo
proceso todo lo que me menciona y entre dialogo y dialogo del paciente escucho
a mi voz interna decir “apunta lo más importante”, mientras otro lado grita “todo
es importante, recordaremos lo más posible pero anota por igual”.
Mi mano anotaba lo que
consideraba lo más importante, mientras que en algunas pausas realizaba algunas
preguntas para tratar de focalizar todo lo que me mencionaban, pero que claro producía
el efecto contrario, generaba aun más dialogo acerca de más y más temas, hasta
que llegamos al punto en que una pausa para analizar un poco más las cosas y
respirar un poco llego. Pausa que fue mal interpretada o mejor dicho muy bien interpretado.
“¿Ya no sabes que preguntar?”
Así es, ya no sabía que más preguntar, ya que de la misma forma en que los
maestros no te dicen cómo evitar la diarrea verbal, como iniciar una sesión de
evaluación, no te dicen que hacer en caso de no tener ni la menor idea de con
que tema, pregunta o forma se pude continuar con la sesión en el momento en el
que simplemente hay tanto en la mesa y en tú mente, que simplemente lo único
que puedes hacer es, leer un dialogo de tus notas, esperar que sea legible (ya
que los ojos siempre deben de estar en el paciente), y que puedas formular una
pregunta de ello. Generando así la continuación de una diarrea verbal.
El tiempo pasa y tu cerebro (siendo
el órgano más perfecto del ser humano), te dice que ya han pasado o casi son
los 50 minutos por sesión, respiras un poco, das una última pregunta para poder
tapar la diarrea y finalizas con un clásico “nos vemos la siguiente sesión”.
Despides a tu paciente, regresas al changarro, revisas tus notas escritas y
verbales y pum los diagnósticos comienzan a llover, todo se vuelve claro,
generando en ti un insight (te cae el veinte) y simplemente gritas en tu mente “gracias
maestros”, por haberte enseñado una y otra vez el bendito DSM IV.
La primer sesión termina, te
das cuenta de lo apasionante que puede ser el mundo de la psicología y de la
misma forma te das cuenta que te has convertido en casi todo un psicólogo
No hay comentarios:
Publicar un comentario